Espías

Rapidez y confidencialidad. Ésas eran las claves del trabajo que el responsable de seguridad de la compañía de antivirus Gold Systems, Robert Hagen, había encargado a Diane Adams. La misión de ella consistía en elaborar un plan de acción que ayudara a prevenir las fugas de información que presumiblemente estaban detrás de las pérdidas de la empresa.

La situación se había complicado de la noche a la mañana. Tras dos años de beneficios, el último trimestre había sido terrible para Gold y el consejero delegado de la compañía, Sterling McCluskey, estaba seguro de que un caso de espionaje tenía la culpa. Hagen debía resolverlo inmediatamente.

Últimamente, cada iniciativa de la empresa era replicada por la competencia, desde su sistema de actualizaciones inmediatas hasta la creación de programas espía con los que ‘convencer’ a los usuarios de la necesidad de hacerse con un nivel de protección mayor. Y en esa demanda creciente de seguridad, Gold estaba perdiendo la partida frente a competidores como Alert Software y Fire Co, en clara expansión en los últimos tiempos.

Hagen había decidido afrontar inmediatamente el encargo de McCluskey, sobre todo ahora que estaba a punto de lanzarse el prometedor Solid 2010, el antivirus con el que Gold esperaba revolucionar el mercado.

La contratación de Adams también fue rápida y confidencial. Hagen se acordó inmediatamente de aquella espectacular profesora del curso sobre protección de sistemas que le había impresionado. Aunque él era de los que pensaban que el físico importa (y mucho), eso no fue lo que más le gustó de ella. Su personalidad, especialmente la seguridad que tenía en sí misma, le había desarbolado.



Las condiciones que ella impuso para su contratación también lo hicieron. Aparte de los 200.000 dólares que solicitó por trabajar 15 días, reclamó libertad de movimientos, acceso a toda la información, permiso para entrar en cualquier ordenador, contacto con los responsables de la nueva versión del antivirus y acceso al móvil de Hagen a cualquier hora. Éste sólo le recordó el plazo en el que tenía que cumplir la misión: dos semanas. A él no le importaban los medios, sino los resultados.

Durante los primeros días pasó horas con ella contándole las peculiaridades de su compañía, enseñándole los cajones en los que se escondían las joyas de la casa y presentándole a los auténticos dueños de la información. Entre ambos se cruzaban buenas sensaciones, aunque Hagen sabía que ella acabaría entrando en su ordenador, que se las apañaría para desentrañar su perfil de Facebook y hasta para conocer los ahorros que tenía en el Bank of America. Pero decidió asumirlo.

Dos días antes de la finalización del plazo, el informe de Adams estaba en las mesas de Hagen y McCluskey. Una vez más, el responsable de seguridad se sorprendió con la labor de aquella irresistible mujer: el futuro de una empresa que facturaba 800 millones estaba contenido en dos folios.

Sin embargo, sus ánimos decayeron cuando llegó a las conclusiones. Sólo había una: despedir al responsable de seguridad. “Confía los secretos de la compañía a la primera persona que se cruza en su camino. Si, encima, es una mujer y está buena, toda información en poder de Hagen es vulnerable”, decía el documento.

No se concedió tiempo para desanimarse porque estaba seguro de que McCluskey haría de la sugerencia una orden. Por eso sacó el móvil del bolsillo de su americana y buscó por la letra G hasta encontrar a Alex Greene, responsable de seguridad de Alert Software. Estaba seguro de que no le dejaría en la estacada cuando le entregara la memoria USB que contenía todos los detalles del Solid 2010.