La reina de la imagen
Aun a riesgo de llegar tarde a su cita de los miércoles, el fiscal Paul Belloq decidió dedicar un rato más a los papeles que tenía sobre la mesa. Las pruebas parecían concluyentes y a Marion Allen le iba a resultar imposible restar credibilidad a los documentos que indicaban que estaba al frente de una de las mayores redes de blanqueo de dinero de la ciudad.
Tampoco le sería fácil convencer a la opinión pública de que no había comprado a funcionarios, empleados de banca y policías para esconder cuentas secretas y sociedades interpuestas que estaban repartidas a lo largo de medio mundo. Gracias a ellos había podido gestionar el negocio que había montado con aquel traficante que cada mes introducía ilegalmente miles de armas en el país.
Antes del estallido de la crisis, Allen era considerada una figura pujante de los negocios. La gente se preguntaba cuál era la fórmula de su éxito y nadie sospechaba que tras él había más juego sucio que talento.
Ahora que el sistema financiero había pinchado, redobló sus esfuerzos para mantener el negocio paralelo y se esforzó en hacerse una imagen nueva que le hizo ser conocida por otro tipo de cosas. Entre ellas, haberse casado con George Williams, la última estrella del Festival de Sundance. La boda con el joven director había dado una nueva dimensión a su figura y, aunque su popularidad había crecido exponencialmente, los medios se fijaban en sus vestidos y no en sus negocios.
El director de comunicación y mano derecha de Allen, Harrison Jones, había dado en el clavo con la estrategia. La trama funcionaba, todos estaban satisfechos y con las bocas cerradas, la farsa de la boda con Williams había funcionado… Él era la clave del negocio. Pero por su culpa Allen, la reina de la imagen, estaba a punto de comparecer ante un tribunal.
Desde que lo conoció en una gala benéfica, el fiscal supo que debía investigar a aquel prestidigitador de los medios y los negocios. Y al poco de empezar sus indagaciones constató que estaba en lo cierto. Ahora le tenía cogido y sabía toda la verdad sobre la trama de Allen. Tenía la información que todo fiscal que aspirara a una ascensión meteórica debía poseer y había llegado el momento de tomar una decisión.
Cansado de leer centenares de movimientos en cuentas bancarias, decidió poner fin a su tarea. Faltaba apenas media hora para su cita semanal, aquella que llevaba celebrando desde hace más de cinco años en un pequeño apartamento a las afueras de la ciudad y en la que recibía la dosis de pasión que, a sus 53 años, le hacía sentirse aún como un chaval.
Aunque estaba un poco lejos, emprendió el camino a pie. Así tendría tiempo para pensar en los detalles de la decisión que acaba de tomar. Cuando Marion Allen le abriera la puerta del apartamento haría algo distinto a lo de cada miércoles. En lugar de lanzarse directamente a la cama para gozar de su sumisión, le invitaría a charlar en el sofá sobre cómo debían abordar juntos la situación.
Ella tendría que liquidar rápidamente del negocio, ocultar como pudiera las cuentas y sociedades en las que participaba, ayudar al traficante de armas a encontrar un nuevo socio y seguir esforzándose por ser la reina de la ciudad de la mano de su joven marido. A él le correspondería convencer a sus contactos en la cochambre de la policía para que hicieran desaparecer a Jones y, sobre todo, dejarse querer cada miércoles por la reina de la imagen. Ahora, ella se entregaría más sumisa que nunca.



