Matasanos

No le importaba haberse puesto en manos de un matasanos. Cuando Bruce M. Jackson se hizo cargo de la gerencia del hospital sólo tenía una misión: salvarlo de la quiebra. Él y su adjunta  Uma Wallace lo habían intentado todo. Renegociaron con los proveedores, implantaron sistemas de gestión innovadores, pusieron en marcha una aseguradora propia… Todo habría funcionado en un escenario normal, pero la magnitud de las pérdidas millonarias que el centro había sufrido en los últimos cinco años convertía a esas medidas en meros retoques.

Recurrir a Samuel Winnfield y John Vega era lo único que podía hacer después del ultimátum que le había dado hace tres meses el Consejo de Administración. Camino de la reunión de evaluación, a lomos de su flamante Kawasaki, estaba convencido de que aquellas viejas glorias de la medicina terminarían dándole palmaditas en la espalda. Había cumplido su misión. La clave del éxito la tenían aquel cirujano y aquel abogado a los que conoció años atrás en el máster de gestión sanitaria. Pero el Consejo no tenía por qué saberlo.

Aunque Jackson sabía que la receta de Winnfield y Vega estaba en las antípodas de la ortodoxia decidió dejar de lado la ética. Una conversación con Wallace, partidaria siempre de las ‘soluciones imaginativas’ y mucho más pragmática que él, había resultado definitiva para convencerse.

Winnfield se encargaría de los pacientes. Más de tres décadas de ejercicio le permitían saber cómo acceder y utilizar los medicamentos descartados en los análisis clínicos, cómo evitar que un paciente provocara pérdidas a la aseguradora y, sobre todo, cómo hacer que las muertes parecieran clínicamente inevitables.

Vega estaría a cargo del aparato legal que el trabajo de Winnfield requería. De su parte corría comprar a los forenses que hicieran falta, presionar a los familiares que plantearan preguntas incómodas, chantajear a los jueces que se cruzaran por su camino y resolver por la vía rápida las pocas demandas que provocaran los resquicios que dejara el veterano cirujano.

Dando gas a su Kawasaki estaba orgulloso de haber recurrido a ‘La fórmula Winnfield-Vega’. Los datos financieros que estaba a punto de enseñar a los engominados del Consejo lo demostraban. El médico y el abogado lo habían previsto todo. Todo menos aquellas luces que se dirigían ahora a gran velocidad contra Jackson, las luces que no logró esquivar y que lo apagaron todo.

Cuando se encendieron de nuevo, Jackon se sentía aturdido y adormilado, pero el escenario le resultó familiar. Después de tres horas de intervención en urgencias le habían llevado a una de las habitaciones VIP del hospital. Apenas era consciente de su cuerpo. Ni siquiera podía hablar. Sólo era capaz de articular unos ojos cuyas pupilas se dilataron de miedo cuando distinguió la figura de Winnfield en cuyo rostro se leía la orden de Wallace para que Jackson no se convirtiera en un gasto que torciera el recto camino de la rentabilidad en el que tres meses antes había entrado el hospital.