‘El estatus’
Desde que Shephard desapareció se sentía vigilado, casi acorralado. Sentado en la mesa de su despacho no se explicaba aún como su mentor, su protector, el carismático director de marketing, el hombre que había llevado a Jack Moore hasta su puesto de jefe de ventas en una de las mayores empresas de distribución del país, se había ido. Un infarto había acabado con su vida.
¿Cuántos cigarros no habría fumado el viejo en sus casi setenta y cinco años? ¿No podía haberse jubilado antes, como todo el mundo? A la primera pregunta no le encontró respuesta. A la segunda sí: le había venido bien que Shephard siguiera al mando hasta el final. De otro modo, las cosas habrían sido muy distintas para él en la empresa.
Esa ausencia lo cambiaba todo. Ser la mano derecha del viejo le había proporcionado una buena proyección profesional y unos incentivos con los que la mayoría de las personas de 32 años no podían ni soñar. Pero por encima de todo estaba lo que él llamaba ‘el estatus’: que los demás le rieran las gracias, que le invitaran a café, que las chicas le consideraran atractivo… Su principal logro era haber conseguido que esa actitud brillara más que ‘el trabajo sucio’, el apriete de tuercas a los que le rodeaban, el desprecio a los que consideraba fútiles y la intoxicación a la que sometía a Shephard sobre todo aquel al que consideraba una amenaza.
Ahora los corrillos se deshacían en cuanto se intuía su presencia, ya nadie quería bajar a fumar con él y ni siquiera le echaba de menos la máquina de café, aquella en la que fingía ser un hombre sociable. ‘El estatus’ profesional también estaba esfumándose. Del correo electrónico llegaba la principal señal de cambio: de recibir invitaciones a reuniones había pasado a recopilar marrones. Por eso Moore ya no lo abría a primera hora de la mañana, sino que demoraba el proceso todo lo que podía, hasta que se le hacía el cuerpo para iniciar una jornada laboral muy distinta a las de hace menos de un mes. Con el teléfono pasaba algo parecido y había decidido tenerlo descolgado tanto tiempo como pudiera.
Pero lo que más le dolía era que Stirner, el responsable de investigación de mercados, le había adelantado por la derecha en la carrera que mantenían por ser el personaje más carismático de la planta. Eso le importaba, pero más le dolía aún que ese maldito guaperas se hubiera convertido de la noche a la mañana en un tío con peso para la dirección. Tenía que hacer algo para evitar su coronación. Sin embargo, la falta de Shephard lo hacía todo más difícil y ahora estaba más cerca del despido que de la promoción que llevaba dos años planificando.
Decidió dejar de pensar en ello. Al menos hasta después de abrir el correo electrónico. Eran las once y cuarto de la mañana y, aunque no quería, tenía que hacerlo. Cuando la bandeja de entrada empezó a llenarse, se quedó estupefacto al ver el que había recibido dos mails de Royce, el director de recursos humanos. Pensó que todo había acabado, pero se armó de valor para leerlo:
De: Andrew Royce
Para: Jack Moore
Asunto: Reunión urgente
Hola Jack. He intentado llamarte a tu despacho, pero no deja de saltarme el contestador. También te he escrito un correo a las nueve y no he recibido respuesta ¿Qué coño te pasa?
Sólo quería pedirte que te pases cuando puedas por nuestro departamento. Quería proponerte a la dirección como sustituto del pobre Shephard como director de marketing. Creo que eres el mejor para ocupar su lugar. Supongo que la propuesta será aceptada sin más, pero me gustaría hablar antes contigo. ¿Cómo lo ves?
Dime algo en cuanto salgas de tu agujero.
Andy
Moore se levantó despacio de su asiento y emprendió el camino hacia el despacho de Royce más orgulloso que nunca. En el trayecto le dio tiempo a pensar en tres cosas: en lo mucho que le debía al viejo, en el ‘trabajo sucio’ que había hecho con él y con miserables como Stirner y en lo seguro que debía dar cada paso hasta el departamento de recursos humanos para que todo el mundo se diera cuenta de quién era Jack Moore.



